

Débora Arango
Nacimiento11 de noviembre de 1907
Medellín, Colombia
Fallecimiento4 de diciembre de 2005
(98 años)
Envigado Antioquia, Colombia

Frine o Trata de Blancas. Acuarela que toca el tema de la prostitución en Medellín. Foto Cortesía.

Hija del matrimonio formado por el comerciante Cástor María Arango Días y Elvira Pérez. Fue la séptima de once hermanos en una familia de clase alta.
Su rebeldía comenzó desde muy niña, cuando en complicidad con algunos familiares se vestía de hombre y salía a cabalgar, actividad censurada para las mujeres de la época porque "eso era cosa de hombres".
Estuvo a punto de ser excomulgada por las reiteradas quejas que la Liga de la Decencia de Medellín por lo "inmoral" de sus cuadros.
Comienza a incursionar en una nueva faceta, caracterizada por la sátira política, en la que interpreta diferentes eventos y el clima de ansiedad, violencia y mortalidad del momento. Utiliza metáforas zoológicas en su arte para aludir a aspectos políticos, algo que se puede ver en su pintura La salida de Laureano.
Desde 1946 se interesó por la técnica del fresco y estudió la obra de algunos acuarelistas mexicanos. Viajó además por México, Estados Unidos, España, Inglaterra, Escocia, Francia y Austria. En 1955, férreamente consolidada en España la dictadura del general Francisco Franco, presentó una exposición individual en el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid; al día siguiente todos sus cuadros fueron retirados por orden de las autoridades franquistas sin ninguna explicación. Ello motivó su inmediato regreso a Medellín, donde ese mismo año expuso en el Centro Colombo-Americano una serie de cerámicas. En 1957 realizó una nueva muestra individual de pinturas en la Casa Mariana de Medellín. Más adelante, en 1964, expuso más de doscientas obras (acuarelas, óleos y cerámicas) en el Museo de Arte Moderno de Medellín y en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Santa Fe de Bogotá.
Débora Arango fue la primera mujer colombiana que se atrevió a pintar desnudos, hecho que levantó muchísima polvareda, aunque quizá no tanta como sus retratos de conocidos políticos con forma de animales (por ejemplo, en La salida de Laureano retrató al general golpista Gustavo Rojas Pinilla presidiendo un coro de sapos). A pesar de las controversias que suscitaba su obra, Arango recibió el premio Secretaría de Educación y Cultura de Antioquia a las Artes y Letras como reconocimiento a su aporte cultural.
Debido a que gran parte de su arte tiene implicaciones políticas y / o sociales, la técnica de Arango se utiliza para evocar emociones e inspirar al espectador. Es por esto que Arango se caracteriza a menudo como una expresionista figurativa. El expresionismo puede ser identificado por la alteración y distorsión de la realidad para transmitir un significado subjetivo, y esto es ciertamente evidente en las obras de Arango. Su estilo, junto con su tema social y político, también es un factor por el cual el trabajo de Arango a menudo fue pasado por alto y rechazado durante gran parte de su carrera. El cubismo era el movimiento popular en este momento, y Arango se negó a atender lo que se consideraba aceptable.
Tanto el estilo utilizado por Arango como las temáticas de sus cuadros reflejan el profundo sentido crítico de la artista frente a la realidad colombiana de su época, caracterizada por el machismo, la mojigatería y la doble moral de la clase burguesa que asistía sin falta a las ceremonias religiosas cada domingo pero que se negaba a reconocer el lado más oscuro de la sociedad. Los marginados y los violentados, la mujer que desde su posición tradicional aguanta todo tipo de desigualdades y es sometida al silencio y a la humillación.
Debió ser muy difícil para Débora Arango encajar en el código de lo moral en el arte. Siendo la primera mujer que pintó desnudos y abordó los problemas sociales y políticos en su época, no es raro que ella misma se hubiera aislado en su casa para explorar su propio concepto del arte. En palabras de Arango:
"Un desnudo no es sino la naturaleza
sin disfraces, tal como es, tal como
debe verlas el artista: un desnudo es un
paisaje eh carne humana". "Mis temas
son duros, acres, casi bárbaros, por eso
desconciertan a las personas que quieran
hacer de la vida y de la naturaleza
lo que en realidad son". "Mi especialidad
es la figura, naturalmente, y más
que la figura la expresión", y este aforismo
que Débora inscribe como divisa
y lo es de todo artista y todo arte genuinos:
"Yo tengo la convicción de que
el arte como manifestación de la cultura,
nada tiene que ver con los códigos
de la moral. El arte no es amoral, ni in~
moral. Sencillamente su obra no intercepta
ningún postulado ético,.."
Por su puesto que estos eran unos años convulsionados por la moral recalcitrante conservadora que representaba el entonces presidente Laureano Gómez. Un artista como Débora Arango bien pudo haberse considerado como enemiga de los valores y de la tradición católica, transgresora sin escrúpulos que exploraba en sus cuadros las circunstancias de los marginados y de la mujer en su cotidianidad así como el salvaje mundo de la política colombiana y la violencia bipartidista que en ese entonces era el pan de cada día. Probablemente, el poder de un artista va más allá de los cánones estéticos y las técnicas o movimientos a los que llega a suscribirse, sino que la percepción de los sucesos que mantienen en vilo a su país puede hacer parte de su expresión artística destacando todos esas situaciones que muchas veces debido a la represión y al miedo a ser silenciados, los periodistas o los escritores se niegan a sí mismos la oportunidad de retratar la realidad con toda la crudeza que en el caso particular de la historia colombiana, ha tocado fondo en los distintos periodos de violencia e intolerancia política. Seguramente, la obra de Arango es una invitación a explorar las raíces etnológicas de la incapacidad de la colectividad colombiana para hacer frente a los graves problemas de desigualdad y exclusión, intolerancia política y la grave crisis de confianza en nuestras instituciones.
Retrato de Colombia. (Acuarela) FOTO CORTESÍA
Los problemas que enfrentó Débora Arango para que su arte fuera reconocido y aceptado en los años en que uno de los oradores más promisorios fuera el periodista y político Laureano Gómez, que fue expulsado en la década de los cuarenta varias veces por su notable fanatismo a la ideas de los nazis en Europa, del franquismo, claramente racista, clasista, en sus discursos en contra de las poblaciones afrocolombianas indígenas como también en contra de la comunidad judía de ese entonces en Colombia. A los indígenas los consideraba como una raza salvaje, elemento bárbaro de nuestra civilización. Les atribuyó malicia, insignificancia y derrotismo: En sus palabras: ..." En el rencor de la derrota, parece haberse refugiado en el disimulo taciturno y la cazurrería insincera y maliciosa. Afecta una completa indiferencia por las palpitaciones de la vida nacional, parece resignada a la miseria y la insignificancia. Está narcotizada por la tristeza del desierto, embriagada con la melancolía de sus páramos y bosques".
Así las cosas, la historia de Colombia convulsionada y atiborrada de apoyo a los extremismos desencadenados en la Europa de Hitler y Mussolini, encontró entre la clase política del país sus fieles seguidores y representantes que discursaron sin temor sus arengas anti semitistas, anti indigenistas y en contra también de las comunidades afrocolombianas. Arango evocaría toda el circo político en sus obras en las cuales usualmente representó a sus principales figuras como hombre metamorfoseados en animales. Probablemente, la lucidez de su obra radica en su capacidad para pintar desde su mirada femenina lo femenino al desnudo. El cuerpo de la mujer como un paisaje violentado y humillado. Y podríamos también reflexionar en si su renuente habilidad para representar la desnudez humana fue una alegoría a la necesidad de desnudar también a la sociedad colombiana, católica, conservadora, clasista y racista que gobernada en ese entonces y para la cual, una mujer no podía votar, una mujer que solo podía ocupar un lugar dentro del hogar. Por lo tanto, el hecho de que una mujer artista, nacida en el seno de la alta sociedad de Colombia, pudiera viajar, educarse en el exterior y representar la realidad política y social del país; fue considerado un desafío para las pobres mentes conservadoras de aquel tiempo. Lo más impresionante de la obra de Arango es sin duda su capacidad para hacer frente a éste desafió, especialmente cuando el acervo axiológico de la sociedad aparecía como un gran monstruo de siete cabezas a la cual ningún artista o soñador era capaz de hacer frente.
Actualmente, esta mirada crítica desde el quehacer artístico es más que necesaria y no debe limitarse al simple hecho de la representación de la violencia, la intolerancia, sino que además debe enfocar sus esfuerzos en la construcción de una nueva epistemología del diálogo y de la tolerancia en un país que parece derrumbarse frente a nuestros ojos bajo las consignas de una polarización ideológica extrema. Los artistas colombianos deben tomar parte en la reconstrucción del tejido social abogando por la sensibilidad y la empatía hacia estas viejas causas, como son la inclusión y el desarrollo humano y económico de nuestras comunidades afrodescendientes e indígenas y las personas más vulnerables que habitan las regiones periféricas del país. El arte debe constituirse como un eje central en la discusión sobre las problemáticas y los desafíos que enfrenta la sociedad, pero también como un gestor de procesos de comunicación transformadora.
Los Artistas además deben asumir un rol de mediadores en un país altamente conflictivo. Mediante su quehacer artístico deben ser capaces de manifestar las sensibilidades en torno a los temas más sensibles que aquejan a las comunidades. Arango constituye un gran ejemplo de cómo esto es posible. Para el tiempo en que ella desarrolló su obra, el papel de la mujer en la sociedad colombiana era invisibilizado por distintas estructuras de dominación. Aunque su arte fue considerado una apuesta impúdica e inmoral, el valor de su mensaje logró constituirse como un punto de inflexión en la forma como era vista la mujer, la reflexión sobre los roles de género patriarcales, la violencia sexual y la exclusión de los pobres en la sociedad antioqueña y la doble moral de los políticos, que









