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Pensamiento crítico comunicacional

  • Foto del escritor: Estefania Uribe
    Estefania Uribe
  • 20 may 2021
  • 8 Min. de lectura

Actualizado: 24 jun 2021

Crisis social en Colombia, retos y oportunidades para la educación y la pedagogía del diálogo.

El año 2021 ha canalizado la frustración soportada por la clase media durante las últimas décadas de gobiernos que, lejos de haber hecho frente al grave problema estructural de la desigualdad en Colombia, parecen haber estado empeñados en socavar la confianza de la ciudadanía en las instituciones democráticas y en la capacidad de los dirigentes para aportar soluciones reales a la falta de oportunidades, el racismo, la falta de empatía por nuestros indígenas, afrodescendientes, personas de la comunidad LGTB, mujeres y madres cabeza de hogar y a la poca infraestructura que imposibilita garantizar el derecho de todas las comunidades al agua potable, atención médica y educación de calidad que incluya la capacitación de niños, jóvenes y adultos en las nuevas tecnologías de información y comunicación.


Foto por: El Pais (Mayo de 2021)


Si bien, las sociedades funcionalmente diferenciadas con estructura de clases, en teoría deberían permitir una mayor movilidad de los individuos conforme al rol y a las interacciones entre clases sociales mediante incentivos o patrones de favorabilidad (en muchos casos); en Colombia, hoy en día se puede apreciar una renuncia a la interacción y el dialogo entre sectores de la sociedad que parecen cada día más irreconciliables. Pensar en las casusas de esa carencia del diálogo y falta de consenso entre la clase política dirigente y los líderes de opinión y gestores en las comunidades, nos debe llevar a retomar el pensamiento crítico latinoamericano de autores como Antonio Pasqualli quien en su ensayo publicado en 1963 titulado: “comunicación y cultura de masas” reflexionó sobre el papel de la comunicación en la construcción de ciudadanías libres y críticas, capaces de hacer frente al constante bombardeo mediático del modus operandi de las estructuras de dominación que pretenden uniformar la percepción y promover necesidades en los seres humanos respecto a las innovaciones tecnológicas, convenciendo además a las audiencias de ser los únicos dueños de la verdad de los acontecimientos en el país y convirtiéndose así en los legitimadores del discurso, de la narrativa de la clase hegemónica.




Antonio Pasquialli



Pero la comunicación es un proceso que debe apuntar hacia el establecimiento de vínculos con el otro, (Pasqualli 1963) la aceptación de la diversidad, la producción de conocimiento colectivo. Sin embargo, actualmente los medios de comunicación se han apropiado del concepto de la comunicación y lo que debería ser un proceso interdisciplinar y emancipador que acuñara a todos los sectores de la sociedad, se ha reducido dramáticamente a la producción de información claramente influenciada por intereses hegemónicos, contenidos que muchas veces en vez de construir puentes de diálogo y de reconciliación, aumentan la polarización, el descontento, el enjuiciamiento hacia las posturas diversas y el silenciamiento de las comunidades afrocolombianas e indígenas parece ser lo más cómodo ya no solo para la clase dirigente sino también para un número mayor de personas de la clase media cada vez más radicales en sus posturas.

Foto por

Foto por: El País. (Mayo de 2021)


Dentro de toda esta narrativa también han surgido nuevos conceptos como el de la “Colombia Profunda” para caracterizar a esas comunidades que padecen la pobreza y que en el imaginario de los tecnócratas economistas y sociólogos de todas las academias parecen estar condenadas a seguir hundidas en el circulo vicioso de la trampa estructural que les impide alcanzar el umbral del desarrollo y el progreso que en cambio disfrutan las comunidades del centro del país. El término en sí mismo, empieza a instalarse en el discurso sobre la realidad socioeconómica y a crear un imaginario colectivo en el que existen dos Colombias: una profunda, excluida, atropellada y abusada de todas las formas posibles ahora no solamente por el sistema económico y político sino también por la academia que se ha empeñado en las denominaciones despectivas hacia su condición vulnerable; y otra distante, la de la “gente de bien”, la gente educada, que disfruta de buenos salarios y que viaja a Florida a vacacionar en Disney World y que además, no quiere hacerse cargo de la Colombia profunda. Existe una negación y existe un intento deliberado de frenar a toda costa el avance hacia una sociedad más equitativa, pero especialmente más empática y dispuesta al diálogo.


Este intento por obstaculizar el progreso y la inclusión social de las comunidades y sectores de la sociedad más desfavorecidos se ha ido construyendo en los últimos años con la poca planeación de programas para permitir que la distribución de los recursos llegue a todos los rincones del país y se traduzca en mejor infraestructura vial, escuelas públicas para todos los niños, sistemas de acueducto y alcantarillado en el pacífico colombiano y en la Guajira, universidades públicas de calidad y hospitales bien equipados para atender a los niños en sus programas de vacunación, asistencia en casos de malnutrición etc.


Foto por: BBC



Entonces, la sociedad colombiana en general, tiene la impresión de que la clase dirigente no muestra una intencionalidad clara y abierta al diálogo para llegar a consensos sobre las necesidades de la población y la última reforma tributaria que pretendía imponer más impuestos a la clase media parecía además tener la intensión de perpetuar las desigualdades que la crisis del coronavirus ha revelado de manera angustiante, pero que son viejos ejes estructurales que han hecho que hoy en día, el 40% de los colombianos vivan en el umbral de la pobreza, 14 millones de personas se dediquen a trabajos informales que los deja en alta vulnerabilidad de contagiarse del COVID 19 y la brecha digital, esto es, las diferencias en conectividad entre grupos socioeconómicos, se hizo también más evidente. Muchos niños, especialmente en las zonas rurales, perdieron completamente el contacto con sus maestros y compañeros. Otros mantuvieron algún contacto intermitente que hacía casi imposible el aprendizaje. Por su parte, los más privilegiados pudieron seguir con sus clases en modo virtual, con supervisión e instrucciones precisas. En suma, la educación se estratificó de una manera drástica: desapareció para algunos y continuó casi normalmente para otros. (...) (El Tiempo 2020).




Por consiguiente, el estallido social era casi previsible. La clase media y los jóvenes excluidos del sistema educativo universitario, el mercado laboral y pensional exigen un cambio profundo en las estructuras de dominación que perpetúan la desigualdad. Mayores oportunidades y especialmente el respeto y reconocimiento por la diversidad como un eje fundamental para la construcción de una democracia sostenible y emancipadora que garantice las libertades y el derecho divino a prosperar con pensamiento crítico. Ese pensamiento crítico debe sembrarse en las aulas de clase de un país peligrosamente polarizado para empezar a construir lo que en palabras de Luis Ramíro Beltrán (1977) es una comunicología de la liberación, caracterizada por la atención de todas las particularidades locales y la legitimación de la lucha contra la desigualdad social, la dependencia política, económica y cultural.


Por supuesto que este es un gran reto para el sistema educativo colombiano que epistemológicamente ha mirado siempre hacia los modelos importados de Europa y Estados Unidos en los que los procesos dialógicos de construcción de conocimiento no han sido bien vistos seguramente por el carácter emancipador de esta metodología. La verdad es que nuestra clase política y nuestros líderes sindicales no consiguen sentarse a dialogar en plena crisis social desatada durante el paro que todavía está en curso, porque ninguno de los dos sectores aprendió el diálogo como un instrumento de mediación en las problemáticas sociales (Gutierrez 2017), el diálogo como un enfoque de construcción de realidades vinculantes entre todos los involucrados. Desde la perspectiva del neuropsiquiatra Mony Elkaim, quien plantea una terapia sistémica familiar donde el acogimiento consensuado del diálogo significa que ninguna persona puede quedar fuera del diálogo, porque el diálogo en si es terapéutico y permite a las personas en condición de oprimidos o excluidos ser escuchadas, tenidas en cuenta para el proceso democrático de construcción de soluciones y de un imaginario colectivo incluyente. Así las cosas, parece que el diálogo todavía necesita ser abordado epistemológicamente por la academia que debe abogar por la praxis en las aulas de todas las regiones del país como un paradigma de reconciliación, consenso y respeto por la diversidad. En otras palabras. Esta gran familia llamada Colombia merece una gran terapia del macrodiálogo; que debe proyectarse a través de los medios de comunicación, los cuales también están en crisis porque su discurso perpetúa el conflicto, la desigualdad entre los que tienen voz, los que son escuchados y se ven representados en los contenidos de sus noticieros; y los que son violentados desde los estudios de los grandes medios que consecuentemente también deben ser incluidos en este proceso digamos terapéutico para sanar un país fragmentado y que camina peligrosamente hacia una guerra civil.


Por consiguiente, debería ser un programa de total prioridad el establecimiento del diálogo en la practica pedagógica para que las nuevas generaciones aprendan a llegar a acuerdos basados en la tolerancia y el aprecio por la diversidad. Es urgente que el diálogo sea una estrategia que haga posible por fin que los distintos sectores de la sociedad logren estrechar sus relaciones y de ésta maneras desdibujar y deconstruir las estructuras de dominación, racismo y exclusión que están socavando nuestra democracia e impidiendo el progreso de todas las comunidades. La reflexión sobre esta necesidad del diálogo para crear nuevas comprensiones sobre lo ético, lo político, sobre el desarrollo y sobre los objetivos comunes debe constituirse como un eje transversal que logre vincular positivamente todos los sectores de la sociedad colombiana en aras de parar el conflicto en las aulas, en las familias, en el congreso, en las ciudades y en todas las semiósferas posibles del país y dar forma así nuevas significaciones sobre la colombianidad.


El reto además de crear nuevos cupos para que los jóvenes logren ingresar a las Universidades, es también organizar un gran consenso sobre la importancia de educar a los maestros para que éstos a su vez puedan crear espacios de educación inclusiva, donde el diálogo sea importante para la construcción del conocimiento colectivo. El reto es también transformar desde todos los frentes la manera como nos comunicamos, los puentes entre la sociedad colombiana y nuestra clase dirigente deben deconstruirse y deben reconstruirse sobre nuevas bases que eliminen el prejuicio, el odio, la falta de empatía, la cultura de la corrupción ampliamente aceptada y pocas veces judicializada para dar paso a políticas publicas que logren materializar las oportunidades y la inclusión social, la prosperidad y el desarrollo humano de todas las personas sin distinción de su raza, ideología, credo o cultura.


...Necesitamos caminar hacia un pensamiento crítico propositivo de soluciones consensuadas. Necesitamos eliminar el discurso violento e intolerante que, sin darnos cuenta, fortalece las estructuras de dominación que han existido en Colombia desde siempre.


El reto también es que desde todas las áreas disciplinares tengamos presente lo que en palabras de Habermas (1987) sería la búsqueda de una simbiosis entre el lenguaje de la crítica y el lenguaje de la posibilidad. Entonces, todos necesitamos caminar hacia un pensamiento crítico propositivo de soluciones consensuadas. Necesitamos eliminar el discurso violento e intolerante que, sin darnos cuenta, fortalece las estructuras de dominación que han existido en Colombia desde siempre. Comprometernos a redefinir y a construir un estatuto epistemológico al diálogo en la educación actual y en nuestra praxis profesional para crear nuevos espacios de interacción que elimine el odio y la intolerancia. El diálogo necesita ser visto ya no desde la subvaloración a la que ha sido relegada por el sistema educativo, sino como un instrumento eficaz para la construcción de identidades individuales y socioculturales más dispuestas al perdón, a los acuerdos, a la construcción colectiva de nuevos imaginarios de paz.


Estefanía Uribe.


Referencias


Gutiérrez-Ríos, M. Y. (2017). Repensar el papel del diálogo para la inclusión social, la responsabilidad política y la educación dialógica. Actualidades Pedagógicas, (69), 15-47. https://ciencia.lasalle.edu.co/ap/vol1/iss69/2/


Leire Darretxe Urrutxi, Beloki Beloki, & Arantza Remiro. (2020). Sociedad y escuela que deseamos: la dialéctica entre inclusión y exclusión social. Ciencia y Educación, 4(1). Pp. 71-81 https://revistas.intec.edu.do/index.php/ciened/article/view/1658/2200



El siguiente encuentro virtual organizado por la CIESPAL se exploran algunas reflexiones al quehacer comunicacional en épocas de crisis en Colombia









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